Pablo es muy dedicado en lo que hace, algo que es raro en un joven que labora de habilitador de seguridad para viviendas. El rubro marcha de lo mejor, versaba José, quien se hacía cargo de la empresa, quien dictó que Juan Pablo se quedara ahí, hace casi un mes, como colaborador. Nuestro héroe había egresado de la secundaria, y juntaba dinero para estudiar en la universidad. No pretendia hacer de la seguridad su trabajo de toda la vida, pero gozaba sus aventuras, más aún por el dinero que recibía de pago.

Recorriendo las calles de Guadalajara, Se halló frente a un cartel que promocionaba una oferta laboral. No le pedían tener recomendaciones ni conocer trabajo, sólo deseos de aprender. Dubitativo,se resignó y postuló, porque quería un quehacer que no le quitara tiempo para descansar, estudiar, lo que fuera.

Se levantó a tientas para alcanzar a llegar de los primeros a la ubicación detallada en el aviso. Se desanimó al ver a la gran cantidad de hombres que esperaban la apertura de las persianas para ventanas de las oficinas del negocio. Ni siquiera eran las 8 de la mañana, y el local abría a las 10 y media. De los veinte que llegaron, finalmente fueron muy pocos los que se aburrieron.

El negocio abrió a las 11. Era más bien austero. La secretaria que abrió el local, informó que los postulantes que esperaran la llegada del jefe, y uno de los que había aguantado se retiró derrotado. Fueron tres los consultados.

Quedó como último entrevistado, fue el único que quiso seguir esperando. Uno de los interesados en el empleo acusó una reunión impostergable por motivos también laborales, y el otro estaba desesperado por arrancar del lugar. Aunque le habría prometido a su novia ir al cine, quiso esperar para ver de qué se trataba el empleo.

Las horas desperdiciadas tuvieron su premio. El ser el último permitió conversar más rato con el jefe. Le recomendó una tarea al instante: laborar lo que quedaba de la jornada, para probarlo, y terminar una habilitación de unas persianas de madera para la casa de su primo, dueño también de un emprendimiento ligado a la a la venta de pan pita.

Esta es la historia de un joven comprometido con lo que hace, algo extraño en alguien dedicado a reparar seguridad para la casa. El rubro marcha de maravilla, recitaba Francisco, dueño de la compañía, quien dictó que Pablo se quedara ahí, hace unas semanas, . Nuestro héroe recién había egresado de la secundaria, y trataba de ahorrar para su universidad. No pretendia hacer de la instalación de seguridad su trabajo de toda la vida, pero gozaba sus aventuras, más aún por el dinero que recibía de pago.

Un día,recorriendo las calles de Guadalajara, Se paró frente a un afiche donde entregaban un trabajo. No solicitaban experiencia ni conocimiento, sólo pedían a alguien dispuesto a ser el mejor. Adolfo quería ocupar su tiempo acumulando dinero y que eso no limitara su capacidad de tomar otros desafíos.

Madrugó la jornada que aparecía en el aviso para llegar a la dirección señalada. Se ofuscó al ver a la gran cantidad de postulantes que esperaban la apertura de las persianas automáticas del negocio. Eran las 8:30, y recién llegaba algún dependiente a la oficina a las 10. En ese lapso muchos desistieron en la espera, solo quedaron 4 solicitantes .

El negocio abrió cuatro horas después de lo estimado. Era más bien austero. La recepcionista pidió a los jóvenes que quedaba esperar un momento a que apareciera el jefe, y en eso un candidato más desistió. Finalmente fueron tres los consultados.

fue el último en conversar con el jefe, los demás postulantes fueron atendidos primero. Uno de los interesados en el trabajo acusó un trámite urgente por motivos también laborales, y el otro estaba desesperado por arrancar del lugar. Como no tenía nada que hacer , se dispuso a aguardar para verificar de qué se trataba el empleo.

La espera tuvo recompensa. Por esperar le dejaron hablar con el dueño . Le sugirió una tarea en ese momento: trabajar todo ese día, para probarlo, y terminar una instalación de unas persianas motorizadas de aluminio para la empresa de su primo, quien lideraba una empresa del rubro farmacéutico. dijo que sí luego de confirmar que le daría dinero por el día completo y el almuerzo.

Frecuentemente me han aconsejado, y repetido, que sin la amargura no atestiguaré cuando la dicha se vuelva realidad. No comulgo esa oración. He logrado sacar brotes de amargura, y he sentido dicha en el mismo rango. Lo que asevero es que aborrezco sentirme afligido, tal como vivo en este instante. Es la zona pectoral que duele, sin percibir ninguna dolencia. Lo que detesto es terminar llorando como jovencita ante una mínima deshonor. Costumbre de mujer me manifestarán, considero..

No me considero amargada. Mi paso por el planeta tiene vericuetos amorosos, familiares, los de todo el mundo. Nada que pueda entrar dentro del calificativo de problemas graves. Me hace daño la monotonía del mundo y considero que no tengo sitio. Igual que si fuera un poema escrito en la orilla del mar y borrado al poco rato por el agua.

La dama que aparece todos los días frente al espejo es distinta. El cristal le roba la angustia, y cuando asoma en su cara, al instante se alegra para alejar algún atisbo de amargura. No hay en ella marcas de vejez, del miedo a morir. Y por ningún motivo piensa en romances, amigos, amarguras.

Al abrir las cortinas de decoración que dejan meterse a la luz, veo la silueta de esta mujer y aparto al instante la mirada. Miro otra vez, continúa ahí, me ausculta con la vista. Por momentos llego a pensar que podría ser igual a ella, sólo un poco.

La señora del cristal me agrada. Casi nada la he divisado. Nos encontramos cada día y no entendemos de las dos. Creo que en la vida lograremos siquiera a dirigirnos frase.

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